Registrado: 29 May 2008 20:28 Mensajes: 9251 Ubicación: Alto Mando
Omegh, te materializas en la cordillera de unas colinas heladas que brillan bajo un sol que intenta calentar en vano el yermo planeta. De tu boca sale vaho que tarda varios segundos en desaparecer.
Sabes que debes ponerte en marcha cuanto antes para evitar ser localizado por los sensores de la nave, miras a tu alrededor y encuentras varias grutas, colinas y, hacia el otro lado, una llanura de hielo interminable.
La luz azul del teletransporte materializó a Omegh en un suelo que crujió y se hundió unos centímetros bajo sus pies. El frío le golpeó con fuerza, no sólo en la faz, sino en el ancho y fuerte torso del alto klingon con una intensidad tal que el aliento del comandante se cristalizaba en cuanto salía de su boca, creando una miríada de microscópicos cristalitos con un sonido extraño y fantasmagórico.
A un lado, una inmensa llanura, tan blanca y tan suave que el horizonte llegaba a confundirse con el pálido cielo que el débil sol no llegaba a calentar apenas. Al otro lado, colinas y estrechos valles. Algunos presentaban oquedades y lo que parecían grutas de origen glaciar, de modo que la elección era sencilla, sin duda, así que Omegh se puso en camino hacia allí para refugiarse.
¿Cuál era el plan? No había plan. Impulsado por la ira y el sentido del honor, el klingon había forzado su bajada allí. En realidad era más que eso. Su ira y su orgullo le empujaban, pero la parte de su mente que aún podía controlar la situación, había elegido aquello como opción menos perjudicial para todos. La otra era clavarle un puñal en el corazón al capitán. Pero solo la idea de poder cncebir este pensamiento hacía que Omegh se rebelara contra sí mismo, imponiendo un poco de cordura en esa situación ya de por sí demencial. Omegh no era un traidor, y mucho menos un asesino. Podía haber hecho muchas cosas en su vida, algunas impulsadas por sus emociones, otras por su honor, incluso por la ira o por motivos que lamentaba, pero no podía enfrentarse a todas esas cosas a las que le había jurado lealtad. No podía matar a su capitán por mucho que la ira se acumulara en su interior obligándole a lensar cosas que no deseaba. Antes que eso, se arriesgaría a un exilio con aquellos sentimientos tan poderosos y opresivos. Si alguien tenía que sacrificarse, sería él antes que la nave, él antes que el capitán. Ellos no lo comprenderían, pero aquel era un sacrificio muy grande ahora que notaba como la entidad estaba haciéndose con su mente y su cuerpo. En ese planeta le esperaba una muerte lenta, pero era una muerte honorable.
Unos minutos después, otro haz de luz dejaba casi en el mismo lugar al capitán Hawkwood.
William iba mejor equipado que Omegh para aquel clima. Había tenido la prudencia de tomar uno de los anoraks de los armarios de equipo de la sala de transportación además de un rifle fáser, uno de mano y un tricorder, que se los habría traído juiciosamente el teniente bajorano. Sin embargo le bastó la primera bocanada de aire frío para proferir un quejido de dolor al recibir aquel helado aire seco en sus pulmones. También le molestó la luz de aquel pálido sol que se reflejaba en todo a su alrededor, hiriéndole los ojos.
Sin esperar más, sacó el tricorder y comenzó a escanear la zona. No era difícil seguir el rastro, porque las huellas de Omegh eran recientes y porque no había ninguna otra fuente de calor cercana. Sí, hacia las colinas. Era la opción lógica, dado que al otro lado se antojaba una infinita llanura de hielo así que el capitán siguió el rastro de Omegh, que también era visible a simple vista. Hawkwood pretendía devolver al klingon a la nave, aunque fuera a rastras y controlarle, porque estaba colocando su vida en peligro. No, no estaba enfadado con él. De hecho con quien sí estaba enfadado era con los imbéciles que le habían ayudado a salir. ¿En qué demonios pensaban? Un hombre que todos a bordo saben que tiene una entidad peligrosa en su interior que ya le puso en grave peligro en una ocasión y, ahora, le ayudaban a descender a un planeta helado en busca de una solitaria y fría muerte. Omegh necesitaba que le ayudasen, pero que le ayudasen a vivir, a vencer a la entidad que había en su interior, no a que se suicidarse ni a darle alas al Devorador para que se hiciese con él.
Un ruido hizo que el neozelandés se girase. Desde más allá de las colinas unas nubes casi negras estaban despuntando y la fría brisa que las empujaba traía consigo el sonido de poderosos truenos que asomaban amenazadores. Era una tormenta colosal.
- ¡Qué melodramático y oportuno! Murmuró entré dientes William aunque aceleró el paso al notar que el aire estaba cargándose de estática y no le convenía que aquella tormenta le alcanzase en terreno abierto.
Las colinas demostraron estar llenas de cavidades y cuevas. Según el tricorder algunas se adentraban en la corteza planetaria muchos kilómetros. Sin duda aquel mundo tenía o tuvo momentos de deshielo y de glaciación que traía y llevaba las masas de hielo y las corrientes de agua fundida creando aquellas galerías. Con la ayuda del tricorder, el capitán siguió la pista del comandante hasta una caverna en la que no tuvo que adentrarse mucho para ver la figura del klingon.
- ¿Qué demonios hace aquí? – Gruñó el alto comandante - He venido a por usted. - No necesito que venga nadie a por mí. Dijo el comandante levantándose e irguiendo el cuerpo de manera gallarda. Si me he ido es para protegerles a ustedes, así que esto no tiene sentido. Vuelva a la nave y aléjese de mi, si sigue aquí estará poniendo su vida en peligro. - No. Usted vendrá conmigo.
- ¿Es que no lo entiende? Si vuelvo acabaré matándole o haciendo daño a alguien que me importe. Y eso...no, otra vez no.
- Eso no va a pasar. Conseguiremos una solución, una cura. Un algo. Lo que sea. Pero no pienso abandonarle en este planeta para dejarle morir.
El klingon apretó los puños.
- Es usted un estúpido tozudo y arrogante, Hawkwood. Lo único que va a conseguir es que le mate. ¿No ve que ya no puedo controlarlo por mas tiempo? Cada día es más fuerte. Hasta ahora conseguí aguantar, pero ya es demasiado. Crece en mí, apoderándose de lo que hago y digo. Es una rabia, un fuego, un odio creciente. Usted no puede comprenderlo, pero me averguenza tanto esta situación que prefiero abandonarlo todo.
- No. Pero sigue siendo de mi tripulación y yo no abandono a mi gente. Me da igual si tiene un devorador como si simplemente le caigo mal. Sonó un fuerte trueno sobre sus cabezas que hizo que ambos hombres se agachasen inconcientemente un poco. De todas maneras no creo que ahora sea buena idea volver. Mire . Tenía los pelillos de la mano erizados. Esa estática es peligrosa para usar los transportadores y me temo que las rachas de viento sean un riesgo demasiado alto para que baje una lanzadera. Tendremos que esperar aquí a que pase. Se tocó el comunicador =^=Com Hawkwood a Heracles. Se acerca una tempestad. Nos vamos a refugiar en unas cuevas cercanas al punto de descenso. Pasada la tormenta nos pondremos en contacto. No se arriesguen y permanezcan en la espera… ¿Me copian? ¿Heracles?
No estoy seguro de si me han recibido.
- Y que mas da? Moriremos aquí abajo, no es eso lo que queremos los dos? El Klingon se estremeció de frío. Y no tardaremos mucho, hace mas frío de lo que esperaba.
Capitán se quitó el anorak y se lo dio. En parte era nobleza, en parte que en el bolsillo estaban los chips localizadores que Ran le había dado.
- Póngaselo.
- De ningún modo. – Replicó Omegh.
- He dicho que se lo ponga. Conozco Qo’nos y es un mundo caliente. Yo soy neozelandés. Nueva Zelanda es como un iceberg, estoy acostumbrado. Y es una orden. A regañadientes y tras vacilar, Omegh aceptó el anorak.
- Si nos adentramos mas encontraremos temperaturas mas estable. Y no intente engañarme Nueva Zelanda no es un iceberg, por lo que he leido es templada…Repasé su informe cuando se incorporó a la nave.
- Ya, bueno… Decir mentiras es privilegio del capitán. Algún día podrá hacerlo – dijo sentándose en una piedra más adentro de la cueva mientras fuera comenzaba a desatarse un infierno de viento, hielo y rayos que caían en la llanura. Dentro se hizo un silencio incómodo bastante largo. Tras un largo rato, Omegh habló.
- No se porque se empeña en ayudarme, usted no goza de mi simpatía.
- Ya. Lo he notado. Pero no sé por qué le caigo mal.
- Por la falta de respeto hacia todo lo que significa el trabajo que hemos realizado! Llega con esos aires de grandeza, diciéndonos que todo lo hemos hecho mal, tomando decisiones sin contrastarlas con el resto de la oficialidad mas que para reforzar su propia arrogancia. Y además trae a esa asesina a bordo, arriesgando la vida de todos, y la trata como si fuera una víctima. Maldito insensato.
- No se pase, Omegh. No he hecho nada malo a nadie de la nave y no he sido duro ni disciplinario salvo con el asunto de la pintada racista
El klingon estaba lívido.
- Me dejò a mi tomar una decisión disciplinaria con esos tripulantes, pero no me informó de ese hecho. Acaso pretendía parecer mas duro haciendo que su castigo fuese mas severo que el mío? esta usted rivalizando conmigo por la simpatía de la tripulación?. Maldito perro sin …. Arg… Gruñó doblándose en sí mismo. Kahless… - ¿Qué le pasa, Omegh? Dijo el capitán alarmado. ¿Se encuentra bien? Se acercó a él.
- ¡VÁYASE! Le gritó Omegh. Está viniendo. Puedo sentirlo. Dijo entre dientes como si poder expresar aquellas palabras requiriesen un inmenso esfuerzo. Va a matarle. Debe huir.
- No pienso dejarle, Omegh.
- ¡VÁYASE, MALDITO TERCO!
El Capitán comprendió las razones del comandante y vio que los ojos del klingon comenzaban a tener una expresión distinta. Si era como decía Rann, inmune a aturdirle, sólo le quedaba dispararle a matar. Pero no estaba dispuesto a matar, de modo que debía ganar tiempo. Encendió la linterna del rifle y corrió caverna adentro.
Detrás de él podía escuchar como los rayos azotaban la llanura y el viento aullaba en la boca de la cueva, pero también los pesados pasos de Omegh, que había comenzado a perseguirle. William corrió por varios pasillos, a sabiendas de que el klingon le seguía de cerca, pero no tenía otras opciones que seguir yendo a ciegas por aquellas laberínticas galerías de suelo de gravilla. De repente escuchó la voz de Omegh, aunque tenía un acento distinto al del klingon, más cruel e inhumano.
- Voy a por ti, gusano de carne blanda! Te aplastaré, te arrancaré el corazón y volveré a la Heracles. Seré el capitán, pero no tendré tripulación mucho tiempo. Les mataré a todos. Poco a poco, llenando sus cuerpos de miedos incontrolables. Y luego, cuando no quede nadie, iré a la base y... – William hizo oídos sordos a las palabras del Devorador en boca del klingon puesto que sabía que intentaba provocarle. Pero el capitán era más listo que aquello, claro. Sabía cuando se le estaba provocando y no pensaba caer en la trampa
De repente, notó un vacío en el estómago… y otro vacío a los pies, mucho más preocupante y amenazador, al resultar ser una enorme brecha en el suelo que, en su huida, no había visto.
Hawkwood se precipitó por el pozo arrastrando piedras y polvo consigo. Sin poder detener la avalancha cayó varios metros hasta impactar contra el suelo, que detuvo abruptamente el descenso. Un relámpago de dolor le atravesó la pierna hasta la columna vertebral.
Tardó en recuperar el aliento algunos instantes, así como a respirar mejor, por culpa de todo el polvo que estaba en el aire. Abrió los ojos y consiguió ver la luz de la linterna del rifle fáser a pocos pasos de sí. Sin embargo, en cuanto intentó colocarse en una posición más adecuada para incorporarse y recuperar el arma, sintió un dolor agudo en la pierna que le obligó a lanzar un grito medio ahogado. Reconocía aquel tipo de dolor, tenía la pierna rota. Y podía dar gracias, porque él tenía unos huesos especialmente recios y fuertes, por lo que la caída tenía que haber sido bastante peligrosa.
- ¿Qué pasa, capitán? Escuchó la voz de Omegh a varios metros por encima de él. ¿Se ha caido? Ya no tiene escapatoria, ahora es mío.
- Omegh! Luche…! le gritó William Usted es más fuerte que esa entidad.
- No pierda el tiempo. Vamos a acabar con esto. Desenfundó el fáser y apuntó al capitán.
- No! Omegh. Sé que usted puede oírme. Resístase. Es más fuerte que esa cosa. No le deje que lo haga. Tiene amigos en la nave. Ellos no le dejarán rendirse. Luche! Luche por ellos.
Por un segundo, la expresión del klingon vaciló, como si el verdadero Omegh intentase recuperar el control sobre su cuerpo y su mente, pero fue en balde.
- Ha sido un placer, capitán. Dijo con cruel voz mientras apuntaba a William.
De repente algo golpeó fuertemente a Omegh lanzándolo contra la pared y haciendo que el arma se le cayese de las manos, rebotara varias veces contra las piedras, y se perdiera en la profundidad del precipicio. Pero Omegh no tenía tiempo de preocuparse por eso, dos enormes criaturas alienígenas le habían acechado sigilosamente por detrás, desde el fondo de una de las cuevas, y le habian atacado como hacían los depredadores con sus presas. El comandante se miró el costado, donde un lacerante ardor empezaba a ser insoportable, y vió que tenía un serio zarpazo del que brotaba la sangre a borbotones. Las criaturas parecieron oler la sangre en el aire moviendo algo que parecía un hocico, y se prepararon para abalanzarse de nuevo sobre el klingon que las miraba con sorpresa e ira. Omegh se agazapó al mismo tiempo que las criaturas se encogían preparándose para saltar sobre él, pero no pudo hacer nada, un intenso dolor se apoderó de su cuerpo, como si le arrancasen los huesos de la carne, y se derrumbó en el suelo inconciente, como un muñeco desmembrado.
En menos de un segundo, una de las criaturas también se derrumbó inconciente. La otra se detuvo mirando a su compañera como si existiera en ella algún atisbo de inteligencia que le hiciera sentir que las cosas no iban bien al ver que, tanto su víctima como su acompañante ahora estaban inertes en el suelo. movió la cabeza a ambos lados buscando el origen de lo que había cambiado, y vió algo movers en el fondo de la grieta que estaba a su lado. No pudo ver mucho más, porque un rayo de luz pasó ante su hocico desintegrando a su compañera inconciente y dejandola cegada por la repentina intensidad de luz. William había alcanzado el rifle a duras penas, apretando con fuerza las mandíbulas reprimiendo el dolor y había disparado contra el ser inerte. Omegh parecía estar recuperando la conciencia y la criatura que quedaba, empezaba a reaccionar saliendo de su sorpresa y preparándose para devorar al klingon prsa del miedo y de la rabia que todo eso le había producido. Pero un nuevo disparo de William la desintegró a pocos palmos del comandante, y la cueva quedó inmersa en un silencio sepulcral.
William se quedó mirando hacia arriba, indeciso, apuntando, preparado para matar, o para morir.
Unos breves segundos después, Omegh se asomaba por el borde. - Capitán! Está bien?
- Omegh? Es usted? – Preguntó William dubitativo
- Señor, todo va bien. La entidad ya no está. Puedo sentir que no está. Ya no tengo que seguir resistiendome, todo vuelv a estar en...calma. No hay rabia. No hay ira.
- Sí… me he dado cuenta.
- Creo que cuando vio que las criaturas iban a matarme, el devorador prefirió abandonar mi cuerpo para entrar en el de una de esas criaturas. Sentí que salía de mi. Supongo que pensó que era su mejor oportunidad, aunque tal vez habría acabado con nosotros si usted no le hubiese disparado.
- Pues vaya… y la he desintegrado con el bicho ese?
- Espero que sí. Señor… le pido disculpas, mi rabia y mi odio estaban avivados por la criatura, pero esa no es razón para poner en peligro a la nave y a usted. Tiene usted que arrestarme, según el reglamento en la sección.... - Bueno… no piense en eso, Omegh. Ahora lo que importa es que est… Un momento. Qué es ese ruido?
Unos sonidos se escuchaban por unos túneles cercanos. Eran gemidos y gruñidos similares a los que emitían las criaturas que acababa de desintegrar.
- Parece que no estaban solas, debe ser una colonia de estos bichos, ¡¡y vienen hacia aquí!!.
- Je. En ese caso será mejor que huya, Comandante.
- huir?? Un gurrero no huye, Tenemos que salir de aquí juntos, señor. No le voy a dejar aquí bajo ninguna circunstancia.
- Escúcheme bien, comandante. Yo no podré salir- La voz de William era grave y el rostro ceniciento. Tengo una pierna rota, no puedo caminar. Así que el plan es este: usted huya mientra yo les reteng… qué hace?
- Estoy bajando a por usted.
- No! Le acabo de dar una orden.
- Bueno, supongo que no va a emperorar mi situación el que no obedezca esta orden.
- Usted me ha dicho que el devorador a abandonado su cuerpo.
- Esto es cosa mía. No voy a perder a otro capitán, sería una gran vergüenza. Voy a llevarle conmigo.
- Eso es una estupidez. Conseguirá que le maten a usted también. Qué sentido tiene eso?
- No es cuestión de sentido. Es cuestión de honor. No voy a abandonarle y… había llegado al fondo del pozo. Y es mi última palabra. Omegh ya se erguía delante del capitán. Ilumine ahí me pareció ver algo. Dijo señalando un rincón del pozo. Los ruidos guturales corrían como ecos por los túneles, ahora más cercanos, otrora más lejanos. Hawkwood iluminó el suelo.
- Mire, esto puede servir. Dijo Omegh mientras se agachaba y enarbolaba unos huesos largos y blancos. Los usaremos para entablillarle la pierna. Se agachó junto al neozelandés. - Omegh…
- Nadie le ha dicho que es usted muy terco?, señor?. El klingon sacó su daga y miró fijamente al capitán.
- Qué va a hacer con eso?.
Omegh no respondió, sino que se cortó trozos del anorak y los usó para amarrar con fuerza los huesos entorno a la pierna de Hawkwood que se quedó lívido del dolor.
- Es usted fuerte, otro se habría desmayado. Me sorprende que un humano tenga tanta resistencia. Se quitó el anorak, ahora raído y le hizo ponérselo al capitán. Esto es lo que haremos. Yo le ayudaré a caminar y, usted, nos cubrirá con el rifle a ambos. De acuerdo?
- No piensa rendirse, verdad?
- No. Usted no se rindió. Yo no me rendiré. Qué pasa, capitán? No le gusta que otro tome por usted las decisiones?
- Pues no. Dijo William mientras recuperaba el aliento. No habrá traido agua, no?
- Hay mucha congelada allí fuera. Si trabajamos juntos, iremos a por ella.
El klingon ayudó a levantarse al capitán y se lo echó a la espalda para poder subir el terraplén hasta la caverna superior. Y aquel fue el comienzo de su odisea subterránea.
Durante algunas horas, ambos hombres avanzaron por las cavernas, mientras intentaban encontrar la salida. De vez en cuando se cruzaban con sombras amenazadoras que parecían evitar la luz con mucho ahínco hasta que llegaron a una amplia sala cavernosa en la que algunos líquenes u hongos crecían con una vaporosa luminiscencia.
- Tenemos un problema – Dijo Omegh al mareado capitán.
- Qué pasa ahora?
- Nos han rodeado y están acechandonos
En la caverna había varias criaturas y algunas más venían por el túnel que acababan de dejar.
- La salida está por esa caverna de allí. Pero va a ser difícil con todos esos seres…
Se parapetaron tras unas estalagmitas
- Capitán. – Dijo con tono firme el comandante. Tengo que pedirle un favor.
- Cree que es el momento adecuado?
- Van a atacarnos, y no me gusta la idea de morir así. Si ve que me derrotan… quiero que me dispare usted. Un disparo limpio, entendido? Nada de lamentaciones.
- Qué dice? No pienso dispararle. No he hecho todo esto para dispararle ahora.
- Señor. Por favor! No debe dejarme morir de esta forma. Yo… le he metido en este problema.
- No sea ridículo. No fue usted. Fue el devorador. Siempre lo supe, Omegh. Todos pensábamos lo mismo en la Heracles.
- Eso todavía esta por ver.
- Vamos, Omegh, yo no le conozco, pero uno no se convierte en el Primer Oficial de la nave siendo un zoquete o amenazando a su capitán.
- No, pero tampoco teniendo miedo.
- Miedo? William no daba crédito a lo que había oído. Casi olvida a las criaturas que rondaban la caverna.
- Temo fallar. Temo morir sin estar preparado y que las almas de todos a los que he hecho daño me arrastren al infierno de los deshonrados. Necesito a alguien en quien depositar mi orgullo, alguien a quien confiarle mi vida, y que grite por mi alma cuando yo muera. Alguien que confie en mi y le diga a los guerreros que aguardan junto a Kahless que yo soy un klingon de honor. Necesito eso para sentirme fuerte. Alguien como McGregor, que sea honorable y que me apoye para no abandonar ni rendirme.
Will le miraba sorprendido. No imaginaba que el klingon fuese capaz de reconocer aquellas cosas. Debía estar convencido de que iba a morir.
- Sentir miedo… es normal. Todos sentimos miedo. Incluso yo…
- Todos los humanos sienten miedo. Algunos incluso lo confiesan para excusar su cobardía. Pero usted no es de esos. Usted ni siquiera parece humano.
- Me lo tomaré como un piropo, pero sí, siento miedo. Soy padre. Tengo dos hijos estupendos y una mujer a la que amo y que me ama. Cree que no siento miedo de perderles o de dejarles? Pero hay un miedo que me atenaza el alma con mucha más fuerza. Me aterra no conseguir ganarme a la tripulación de la Heracles. Yo les necesito. Siempre me he sentido respaldado por mis tripulaciones y mis hombres. Ahora, de repente, gran parte de esta tripulación me desafía o desconfía de mí. Yo… no consigo asimilar eso. Necesito su confianza. Por eso le dije que le necesitaba, Omegh. No quiero a la tripulación a través de usted. Quiero a la tripulación, con usted. Sin usted, esta tripulación no consigue aceptarme. Y yo quiero a esta tripulación. Su lealtad, su confianza, su valor. Para mí. Para la Heracles.
Ahora ya lo sabe. Soy humano y también tengo mis debilidades. Como todos.
- En ese caso, señor- Dijo Omegh con el pecho lleno de orgullo. Será un honor morir junto a usted, pero no creo que hoy sea un buen día para hacerlo, Hay una tripulación que nos espera. ¿No es así, mi capitán?
- Así es, esto es lo que esperaba oir. Dejó el fáser de mano junto al klingon. No podemos morir hoy, tenemos una misión que cumplir.... Aguánteme
- Qué piensa hacer?
- Desafiarlas. Qué pensaba, Omegh? Que era el único guerrero aquí? - William se apoyó en una piedra y comenzó a golpearse los brazos y a hacer gestos extraños mientras les gritaba a las criaturas.
Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora! Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora! Tenei te tangata puhuru huru Nana nei i tiki mai Whakawhiti te ra A upa....ne! Ka upa...ne! A upane kaupane whiti te ra! Hi!
En aquel momento las criaturas reunidas se abalanzaron contra ellos como respuesta a la desafiante amenza del medio maorí de la Flota Estelar. Las rechazaron una y otra vez con los láseres y, cuando se acercaban demasiado, Omegh se deshacía de ellas con sus manos y su puñal o bien William les daba poderosos golpes con la culata. Ambos hombres eran muy fuertes y rechazaban a los seres hasta que consiguieron un hueco por el que escabullirse y escapar en busca de la salida.
Durante largo rato, que ninguno de los hombres pudieron precisar, anduvieron por los túneles en pos de la salida, siendo atacados por las criaturas una y otra vez, sin descanso. Les hirieron, pero las que conseguían superar los disparos de William se las veían con el mortal puñal de Omegh hasta que, por fin, vieron la luz del exterior en la boca de una caverna.
La tormenta estaba remitiendo. En su zona ya sólo había cierto viento racheado que traía afilados cristales de hielo y un penetrante olor a ozono.
Ambos salieron con gesto satisfecho. Las criaturas restantes parecían temer la luz, por lo que no les siguieron y los dos oficiales pudieron respirar con placer de victoria el helado aire exterior. Estaban muy maltrechos. El rifle del capitán no tenía ya culata, el fáser de mano se había perdido y el uniforme de ambos estaba desgarrado y tenía sangre por todas partes, además de polvo, tierra y, ahora, nieve. Los dos se miraron y se rieron, al compartir el sabor de la derrota de sus adversidades y al notar el cosquilleo del trasportador alcanzarles.
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